/ viernes 8 de enero de 2021

Calcetón roto

Por “ésta” que fui riguroso con la liturgia establecida para este caso; por supuesto que elegí el calcetón más grande. Después de una buena lavada, procedí a colgarlo en la viga de madera que adorna la chimenea, en espera del arribo de Melchor, Gaspar y Baltazar, seguro que llegarían por que mi comportamiento en los 365 días pretéritos, sin ser ángel o arcángel, fue de un pecador estándar.

Más oh sorpresa, al día siguiente, con entusiasmo pueril, corrí al nicho de la fogata para escudriñar en la prenda; mi boca se hacía agua por los chocolates pedidos, las almendras y los dátiles que tanto me gustan; tampoco podrían faltar los quesos añejos y las nueces de la India. El calcetón estaba roto y sin rastro de haber albergado algo.

“Chin” me dije, qué habrá pasado, ni olor a incienso ni a mirra se percibía, mucho menos pepita o cuarzo, que dieran fe del paso de los jinetes a caballo, camello y elefante.

La oquedad en la prenda de vestir era bastante regular; nadie pudo sustraer regalo alguno, pues las circunstancias no lo permitían, entonces ¿qué pasaba?

Abrí la ventana con ánimo de descubrir en la bóveda celeste con los primeros tintes del amanecer. Ni la estrella de Belem se dibujaba en mi campo visual. A punto de cerrar, mi vista hizo alto en el crespón negro que cuelga en la puerta del vecino; mis oídos escuchan el estridente del malabarista en la esquina que extendía su mano por su arte callejero; el desarrapado que sale de su mal oliente escondrijo; el inadaptado social, con su aerosol, pintando sus quejas en el lienzo de las paredes; el cura apresurado a la capilla para tocar las campanas, que día con día son menos las que las escuchan.

Me senté en el mullido sofá, observando las últimas chispas de los encinos leñosos. Por ese hoyo colgado en la chimenea, habían desfilado de enero a diciembre, casa donde guarecerme, atavíos para el cuerpo, manducatoria en las tres mesas diarias, inmunidad contra los patógenos, jornales para las fatigas, ciudad para vivirse, calor de esposa, hijos, nietos, hermanos y amigos.

Para qué los chocolates, las almendras, los quesos y embutidos, si con aquello tengo bastante, gracias a Dios

Por “ésta” que fui riguroso con la liturgia establecida para este caso; por supuesto que elegí el calcetón más grande. Después de una buena lavada, procedí a colgarlo en la viga de madera que adorna la chimenea, en espera del arribo de Melchor, Gaspar y Baltazar, seguro que llegarían por que mi comportamiento en los 365 días pretéritos, sin ser ángel o arcángel, fue de un pecador estándar.

Más oh sorpresa, al día siguiente, con entusiasmo pueril, corrí al nicho de la fogata para escudriñar en la prenda; mi boca se hacía agua por los chocolates pedidos, las almendras y los dátiles que tanto me gustan; tampoco podrían faltar los quesos añejos y las nueces de la India. El calcetón estaba roto y sin rastro de haber albergado algo.

“Chin” me dije, qué habrá pasado, ni olor a incienso ni a mirra se percibía, mucho menos pepita o cuarzo, que dieran fe del paso de los jinetes a caballo, camello y elefante.

La oquedad en la prenda de vestir era bastante regular; nadie pudo sustraer regalo alguno, pues las circunstancias no lo permitían, entonces ¿qué pasaba?

Abrí la ventana con ánimo de descubrir en la bóveda celeste con los primeros tintes del amanecer. Ni la estrella de Belem se dibujaba en mi campo visual. A punto de cerrar, mi vista hizo alto en el crespón negro que cuelga en la puerta del vecino; mis oídos escuchan el estridente del malabarista en la esquina que extendía su mano por su arte callejero; el desarrapado que sale de su mal oliente escondrijo; el inadaptado social, con su aerosol, pintando sus quejas en el lienzo de las paredes; el cura apresurado a la capilla para tocar las campanas, que día con día son menos las que las escuchan.

Me senté en el mullido sofá, observando las últimas chispas de los encinos leñosos. Por ese hoyo colgado en la chimenea, habían desfilado de enero a diciembre, casa donde guarecerme, atavíos para el cuerpo, manducatoria en las tres mesas diarias, inmunidad contra los patógenos, jornales para las fatigas, ciudad para vivirse, calor de esposa, hijos, nietos, hermanos y amigos.

Para qué los chocolates, las almendras, los quesos y embutidos, si con aquello tengo bastante, gracias a Dios

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