/ miércoles 28 de agosto de 2019

Infancia rota

La violencia contra este sector de la población se ha incrementado en la última década tanto en incidencia como en la saña con la que se comente, por lo que ahora una de cada cinco niñas y uno de cada once niños han sido víctimas de abuso sexual antes de cumplir los 12 años en nuestro país.

De acuerdo a la organización “Abuso Sexual Infantil (ASI) No se vale”, por cada caso del que tienen conocimiento las autoridades, hay siete que se mantienen en silencio, lo que muestra con la impunidad hacia los agresores cuando se denuncian estos delitos, así como el tortuoso camino que implica para las víctimas y sus acompañantes iniciar y mantener el proceso jurídico.

La casa y la escuela, afirma, son los sitios en los que, estadísticamente, se registra el mayor número de delitos de este tipo, y los familiares y cuidadores, los principales responsables en la comisión de este tipo de delitos, de los cuales el 80% son por violencia familiar y alrededor del 15 por ciento por violencia sexual.

El 95% de los casos de abuso sexual cometido contra niñas, niños y adolescentes son perpetrados por una persona conocida, las personas que abusan de las y los niños, así como de los adolescentes son cercanos y planean los hechos, por lo que se ganan la confianza de los infantes y también de los familiares más cercanos, como un mecanismo de protección, sobre todo, porque los predadores identifican situaciones de vulnerabilidad como la ocurrencia de violencia familiar, falta de papá o mamá, carencia de amor, atención, o falta de respeto.

Ante estos delitos, la impunidad ha provocado un aumento en los casos, por lo que considera fundamental que se atienda la problemática. Y es que, de acuerdo a estadísticas, una de cada cinco mujeres ha vivido algún tipo de violencia sexual antes de cumplir los 12 años, mientras que uno de cada 11 hombres ha pasado por algo similar en el mismo periodo de la vida. La justicia, cuando llega, lo hace tarde y tras un proceso de desgaste por parte de los familiares, el o la niña.

A través del programa Infancia Rota, que se desarrolla en los Centros de Convivencia Familiar Supervisada en la Ciudad de México, los terapeutas trabajan de manera lúdica para conocer las emociones de los niños y niñas a través del juego.

En estos centros los papás, mamás y figuras parentales que se encuentran en conflicto llevan o visitan, según sea el caso, a sus hijos, hijas o adolescente durante una o dos horas a la semana, según lo establezca el juez o la jueza. En el espacio de convivencia hay juegos, casitas, espacios libres para correr, incluso una televisión.

Durante la convivencia, el familiar y el infante son supervisados por una especialista en psicología o trabajo social, quien toma nota de lo que está sucediendo y observa el comportamiento de todas las personas involucradas en la crianza del niño, niña o adolescente.

A partir de noviembre del 2018, entró en vigor una nueva etapa dentro de las convivencias familiares en la cual se han implementado mejorías y este tipo de programas como Infancia Rota, que van desde hacer un diagnóstico de las familias hasta apoyos terapéuticos para los infantes y personas adolescentes, así como para sus figuras parentales.

Se trata de un modelo único en el país en el que se busca lograr, a más tardar en un año, una convivencia sana sin mediaciones del personal del tribunal entre mamás, papás, hijos, hijas y adolescentes, por lo que cuando se llega a la convivencia, tanto los familiares, figuras parentales e infantes ya pasaron por un diagnóstico, apoyo psicológico y cuentan con mayores herramientas para convivir.

La idea es que puedan darse convivencias sanas sin intermediación, pues con el modelo anterior se dieron casos en donde niños y niñas aprendieron a relacionarse siempre con intermediarios y con la idea de que, si como personas adultas no podían dirimir sus conflictos, entonces podían recurrir a la autoridad.

Este modelo rompe con el entorno hostil, donde hay mucha gente sin preparación y los Centros de Convivencia parecen oficinas administrativas, deficientes y descuidadas, con poca supervisión, sobre todo, por la carga que tienen algunos tribunales en lo familiar.

Con programas que tomen en cuenta las necesidades de los niños, niñas y adolescentes se puede contribuir a brindarles un mejor futuro, pero con un mejor entorno familiar y un espacio de amor y comprensión, estaremos brindándoles a nuestros hijos la esperanza de una vida sin violencia.

La violencia contra este sector de la población se ha incrementado en la última década tanto en incidencia como en la saña con la que se comente, por lo que ahora una de cada cinco niñas y uno de cada once niños han sido víctimas de abuso sexual antes de cumplir los 12 años en nuestro país.

De acuerdo a la organización “Abuso Sexual Infantil (ASI) No se vale”, por cada caso del que tienen conocimiento las autoridades, hay siete que se mantienen en silencio, lo que muestra con la impunidad hacia los agresores cuando se denuncian estos delitos, así como el tortuoso camino que implica para las víctimas y sus acompañantes iniciar y mantener el proceso jurídico.

La casa y la escuela, afirma, son los sitios en los que, estadísticamente, se registra el mayor número de delitos de este tipo, y los familiares y cuidadores, los principales responsables en la comisión de este tipo de delitos, de los cuales el 80% son por violencia familiar y alrededor del 15 por ciento por violencia sexual.

El 95% de los casos de abuso sexual cometido contra niñas, niños y adolescentes son perpetrados por una persona conocida, las personas que abusan de las y los niños, así como de los adolescentes son cercanos y planean los hechos, por lo que se ganan la confianza de los infantes y también de los familiares más cercanos, como un mecanismo de protección, sobre todo, porque los predadores identifican situaciones de vulnerabilidad como la ocurrencia de violencia familiar, falta de papá o mamá, carencia de amor, atención, o falta de respeto.

Ante estos delitos, la impunidad ha provocado un aumento en los casos, por lo que considera fundamental que se atienda la problemática. Y es que, de acuerdo a estadísticas, una de cada cinco mujeres ha vivido algún tipo de violencia sexual antes de cumplir los 12 años, mientras que uno de cada 11 hombres ha pasado por algo similar en el mismo periodo de la vida. La justicia, cuando llega, lo hace tarde y tras un proceso de desgaste por parte de los familiares, el o la niña.

A través del programa Infancia Rota, que se desarrolla en los Centros de Convivencia Familiar Supervisada en la Ciudad de México, los terapeutas trabajan de manera lúdica para conocer las emociones de los niños y niñas a través del juego.

En estos centros los papás, mamás y figuras parentales que se encuentran en conflicto llevan o visitan, según sea el caso, a sus hijos, hijas o adolescente durante una o dos horas a la semana, según lo establezca el juez o la jueza. En el espacio de convivencia hay juegos, casitas, espacios libres para correr, incluso una televisión.

Durante la convivencia, el familiar y el infante son supervisados por una especialista en psicología o trabajo social, quien toma nota de lo que está sucediendo y observa el comportamiento de todas las personas involucradas en la crianza del niño, niña o adolescente.

A partir de noviembre del 2018, entró en vigor una nueva etapa dentro de las convivencias familiares en la cual se han implementado mejorías y este tipo de programas como Infancia Rota, que van desde hacer un diagnóstico de las familias hasta apoyos terapéuticos para los infantes y personas adolescentes, así como para sus figuras parentales.

Se trata de un modelo único en el país en el que se busca lograr, a más tardar en un año, una convivencia sana sin mediaciones del personal del tribunal entre mamás, papás, hijos, hijas y adolescentes, por lo que cuando se llega a la convivencia, tanto los familiares, figuras parentales e infantes ya pasaron por un diagnóstico, apoyo psicológico y cuentan con mayores herramientas para convivir.

La idea es que puedan darse convivencias sanas sin intermediación, pues con el modelo anterior se dieron casos en donde niños y niñas aprendieron a relacionarse siempre con intermediarios y con la idea de que, si como personas adultas no podían dirimir sus conflictos, entonces podían recurrir a la autoridad.

Este modelo rompe con el entorno hostil, donde hay mucha gente sin preparación y los Centros de Convivencia parecen oficinas administrativas, deficientes y descuidadas, con poca supervisión, sobre todo, por la carga que tienen algunos tribunales en lo familiar.

Con programas que tomen en cuenta las necesidades de los niños, niñas y adolescentes se puede contribuir a brindarles un mejor futuro, pero con un mejor entorno familiar y un espacio de amor y comprensión, estaremos brindándoles a nuestros hijos la esperanza de una vida sin violencia.

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