/ miércoles 1 de julio de 2020

Comentarios constitucionales

Con motivo de los acontecimientos de hace algunos días en que fue privado de su vida Uriel Villegas Ortiz, juez de Distrito, escribo este artículo, en el que reflexiono sobre la difícil tarea de juzgar que tienen las personas que tomaron la decisión de seguir la carrera judicial, por los peligros que corren al realizar su función.

En efecto, con tristeza recibimos la noticia de que un joven profesional del Derecho que había dedicado parte de su vida a la judicatura, fue privado de su vida, junto con su señora esposa, frente a sus hijos, lo cual llenó de indignación, como ha sucedido con otros tantos crímenes, a la sociedad mexicana.

Desempeñar el cargo de juez, nunca ha sido tarea fácil, pues en cada controversia que resuelve, existen intereses encontrados, lo que motiva que, frecuentemente se enciendan los ánimos y que aquellas personas que no reciben la respuesta que esperaban al dictarse sentencia, consideren que el juzgador actuó con parcialidad y que es totalmente injusto, y pueden llegar a proferir expresiones en contra de su labor.

No obstante, en tiempos como los actuales, en los que la violencia se enseñorea de la situación, hay personas que, por lo general, pertenecen al crimen organizado, pueden llegar a atentar en contra de la vida de quienes los juzgan y de sus familiares, inclusive. Por desgracia, en varias ocasiones, así ha sucedido.

Recuerdo el caso del juez Vicente Antonio Bermúdez Zacarías, de 37 años de edad, quien fue asesinado de un balazo en la cabeza, luego de salir de su casa para comenzar a hacer ejercicio, en Metepec, Estado de México, en 2016; también, en ese mismo año, sucedió la privación de la vida del juez Octavio Morales Pastor, en Guerrero, a consecuencia de los golpes propinados, o, años antes, en 1992, el caso de Abraham Antonio Polo Uscanga, quien era Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de lo que es hoy la Ciudad de México, quien también fue asesinado.

En otros países, también, hay casos de jueces y otros personajes que han sido víctimas del crimen organizado. Me refiero al caso del famoso Giovanni Falcone, quien dirigió sus acciones a desmantelar un grupo delictivo en Italia, pero fue privado de su vida cuando viajaba al aeropuerto de Palermo, luego de la explosión de 400 kilos de TNT. Junto con él murió su esposa y tres de sus escoltas. Días después fue privado de su vida el juzgador Paolo Borsellino.

Ante este panorama, se vuelve sumamente riesgoso ejercer el cargo de juez. Se necesita una verdadera vocación y tener muy en alto el sentido de la justicia para realizar la función jurisdiccional, tener valentía como expresión de fortaleza, para no doblegarse ante las amenazas de que son objeto, incluso de los atentados que pudieran sufrir.

Quienes hemos tenido el alto honor de desempeñar el cargo de juez, sea en primera o en segunda instancia, sobre todo en materia penal, sabemos de los peligros que se corren, incluso en alguna ocasión un prestigiado periódico europeo consideró que ejercerlo en México, era como una “ruleta rusa”, por lo que de verdad se necesita una verdadera vocación para no ceder ante las presiones del crimen organizado.

Por todo lo antes dicho, soy un convencido de que las personas que desempeñen el cargo, deben cultivar las virtudes cardinales: la prudencia, la justicia, la templanza y la fortaleza; así como las específicas del juzgador, la independencia, la imparcialidad y la objetividad.

La valentía como expresión de la fortaleza, se pone de manifiesto en estos tiempos. El juez Uriel Villegas Ortiz fue un valiente que merece nuestro reconocimiento. Que en paz descanse.

Con motivo de los acontecimientos de hace algunos días en que fue privado de su vida Uriel Villegas Ortiz, juez de Distrito, escribo este artículo, en el que reflexiono sobre la difícil tarea de juzgar que tienen las personas que tomaron la decisión de seguir la carrera judicial, por los peligros que corren al realizar su función.

En efecto, con tristeza recibimos la noticia de que un joven profesional del Derecho que había dedicado parte de su vida a la judicatura, fue privado de su vida, junto con su señora esposa, frente a sus hijos, lo cual llenó de indignación, como ha sucedido con otros tantos crímenes, a la sociedad mexicana.

Desempeñar el cargo de juez, nunca ha sido tarea fácil, pues en cada controversia que resuelve, existen intereses encontrados, lo que motiva que, frecuentemente se enciendan los ánimos y que aquellas personas que no reciben la respuesta que esperaban al dictarse sentencia, consideren que el juzgador actuó con parcialidad y que es totalmente injusto, y pueden llegar a proferir expresiones en contra de su labor.

No obstante, en tiempos como los actuales, en los que la violencia se enseñorea de la situación, hay personas que, por lo general, pertenecen al crimen organizado, pueden llegar a atentar en contra de la vida de quienes los juzgan y de sus familiares, inclusive. Por desgracia, en varias ocasiones, así ha sucedido.

Recuerdo el caso del juez Vicente Antonio Bermúdez Zacarías, de 37 años de edad, quien fue asesinado de un balazo en la cabeza, luego de salir de su casa para comenzar a hacer ejercicio, en Metepec, Estado de México, en 2016; también, en ese mismo año, sucedió la privación de la vida del juez Octavio Morales Pastor, en Guerrero, a consecuencia de los golpes propinados, o, años antes, en 1992, el caso de Abraham Antonio Polo Uscanga, quien era Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de lo que es hoy la Ciudad de México, quien también fue asesinado.

En otros países, también, hay casos de jueces y otros personajes que han sido víctimas del crimen organizado. Me refiero al caso del famoso Giovanni Falcone, quien dirigió sus acciones a desmantelar un grupo delictivo en Italia, pero fue privado de su vida cuando viajaba al aeropuerto de Palermo, luego de la explosión de 400 kilos de TNT. Junto con él murió su esposa y tres de sus escoltas. Días después fue privado de su vida el juzgador Paolo Borsellino.

Ante este panorama, se vuelve sumamente riesgoso ejercer el cargo de juez. Se necesita una verdadera vocación y tener muy en alto el sentido de la justicia para realizar la función jurisdiccional, tener valentía como expresión de fortaleza, para no doblegarse ante las amenazas de que son objeto, incluso de los atentados que pudieran sufrir.

Quienes hemos tenido el alto honor de desempeñar el cargo de juez, sea en primera o en segunda instancia, sobre todo en materia penal, sabemos de los peligros que se corren, incluso en alguna ocasión un prestigiado periódico europeo consideró que ejercerlo en México, era como una “ruleta rusa”, por lo que de verdad se necesita una verdadera vocación para no ceder ante las presiones del crimen organizado.

Por todo lo antes dicho, soy un convencido de que las personas que desempeñen el cargo, deben cultivar las virtudes cardinales: la prudencia, la justicia, la templanza y la fortaleza; así como las específicas del juzgador, la independencia, la imparcialidad y la objetividad.

La valentía como expresión de la fortaleza, se pone de manifiesto en estos tiempos. El juez Uriel Villegas Ortiz fue un valiente que merece nuestro reconocimiento. Que en paz descanse.

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