/ sábado 28 de septiembre de 2019

EPISCOPEO

Uno de los asuntos recurrentes en el evangelio de San Lucas es el de la pobreza, que, considerada desde un punto de vista teológico, como desprendimiento de los bienes de la tierra, favorece la orientación del corazón humano hacia Dios. Así sucede en el cántico de la Virgen (que proclama que a los hambrientos -el Señor– los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos, 1,53). Igualmente acontece en el nacimiento de Jesús en la cueva de Belén y el anuncio a los pastores (2,1-20).

Que la familia de Jesús era pobre lo da a entender el ofrecimiento de un par de tórtolas por el rescate del primogénito (que era la ofrenda de los pobres, 2,22-24). En la predicación de Juan Bautista, Lucas incluye un mandato solidario («El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo», 3,10). Jesús argumenta al tentador que la vida no es algo meramente material (“No sólo de pan vive el hombre”, 4,4). En las bienaventuranzas, Jesús declara dichosos a los pobres (Bienaventurados los pobres…, bienaventurados los que ahora tenéis hambre, 6,20.21) y desdichados a los ricos (¡Ay de vosotros los ricos…, ay de vosotros los que estáis saciados, 6,24.25). Cuando envía a los apóstoles a predicar, les encarece la más estricta sobriedad en cuanto a los medios materiales («No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno», 9,3).

A sus seguidores, Jesús les abre los ojos para que jerarquicen los valores (¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?, 9,25); y les aclara el género de vida a que se habrían de comprometer en su seguimiento («Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza», 9,58). Es muy ilustrativa del alcance limitado de las riquezas la parábola del rico insensato que pensaba que su vida dependía de sus bienes (12,13-21). La preciosa enseñanza de Jesús acerca de la confianza en la providencia divina revela bien su admiración de la solicitud con que Dios se había ocupado del bien de todas sus criaturas (No os inquietéis por la vida, qué vais a comer; ni por el cuerpo, con qué os vais a vestir, 12,22-34). La parábola del rico y del pobre Lázaro (16,19-31). La invitación a seguirlo hecha a un dignatario rico, y rechazada por éste («¡Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el Reino de Dios!», 18,18-30). El encuentro con Zaqueo, jefe de publicanos y rico, que produjo un vuelco en su escala de valores («Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres», 19,1-10). El elogio de la viuda pobre que echaba dos pequeñas monedas en el cepillo (21,1-4).

El mensaje central de la narración ejemplar del pobre Lázaro (Dios ayuda) y el rico vividor se puede resumir en el peligro de las riquezas. Es muy semejante a la enseñanza que se desprende de la parábola del rico insensato que pensaba que la vida dependía de los bienes de la tierra, que, cuando había resuelto cómo hacer acopio de la gran cosecha de aquel año, se le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?” (12,20). Las riquezas son tan tentadoras y atractivas que pueden desviar nuestra opción fundamental, en vez de por Dios, por las criaturas: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13). Pero las riquezas pueden solamente hacernos más placentera la vida, pero no garantizarla.

Muere el pobre y muere el rico. Pero la vida no termina con la muerte. La vida del hombre está en las manos de Dios, a quien hemos de dar cuenta de nuestra conducta. Si hemos puesto en Él nuestra confianza, no nos fallará; pero si la hemos entregado a las riquezas (por contraposición a Dios), sólo pueden acompañarnos hasta la sepultura, porque son de este mundo.

Es de notar, en la parábola, que ni siquiera se dice que el rico se ensañe con el pobre (de donde se desprende una intención más teológica que social), sino que tan sólo lo ignoraba, mientras ponía en práctica su lema “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Ya había tenido su recompensa, y hasta su cadáver había recibido sepultura y reposaba en paz. En cambio el pobre sólo había saboreado desdichas, aunque se había librado de la seducción de las riquezas, por lo que se le supone un hombre piadoso, que había puesto su confianza en el Señor. (No se trata, pues, de un cambio automático de destinos –males por bienes, consuelo por desdicha–, sino con fundamento teologal). Y naturalmente el Señor dispuso que fuera llevado al seno de Abrahán, donde los justos participaban anticipadamente de los gozos de la resurrección de los muertos.

Jesús asume las enseñanzas de la escatología judía sobre el más allá: que Dios hará justicia, a tenor de la conducta seguida por el hombre en este mundo; que la suerte del hombre en el otro mundo será irrevocable, y que las indicaciones que el Señor nos ofrece por medio de sus enseñanzas y los buenos ejemplos de los compañeros de camino son más que suficientes para que orientemos rectamente nuestra vida para merecer la vida eterna.

No echemos, pues, en saco roto las advertencias y los estímulos que recibimos.

Uno de los asuntos recurrentes en el evangelio de San Lucas es el de la pobreza, que, considerada desde un punto de vista teológico, como desprendimiento de los bienes de la tierra, favorece la orientación del corazón humano hacia Dios. Así sucede en el cántico de la Virgen (que proclama que a los hambrientos -el Señor– los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos, 1,53). Igualmente acontece en el nacimiento de Jesús en la cueva de Belén y el anuncio a los pastores (2,1-20).

Que la familia de Jesús era pobre lo da a entender el ofrecimiento de un par de tórtolas por el rescate del primogénito (que era la ofrenda de los pobres, 2,22-24). En la predicación de Juan Bautista, Lucas incluye un mandato solidario («El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo», 3,10). Jesús argumenta al tentador que la vida no es algo meramente material (“No sólo de pan vive el hombre”, 4,4). En las bienaventuranzas, Jesús declara dichosos a los pobres (Bienaventurados los pobres…, bienaventurados los que ahora tenéis hambre, 6,20.21) y desdichados a los ricos (¡Ay de vosotros los ricos…, ay de vosotros los que estáis saciados, 6,24.25). Cuando envía a los apóstoles a predicar, les encarece la más estricta sobriedad en cuanto a los medios materiales («No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno», 9,3).

A sus seguidores, Jesús les abre los ojos para que jerarquicen los valores (¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?, 9,25); y les aclara el género de vida a que se habrían de comprometer en su seguimiento («Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza», 9,58). Es muy ilustrativa del alcance limitado de las riquezas la parábola del rico insensato que pensaba que su vida dependía de sus bienes (12,13-21). La preciosa enseñanza de Jesús acerca de la confianza en la providencia divina revela bien su admiración de la solicitud con que Dios se había ocupado del bien de todas sus criaturas (No os inquietéis por la vida, qué vais a comer; ni por el cuerpo, con qué os vais a vestir, 12,22-34). La parábola del rico y del pobre Lázaro (16,19-31). La invitación a seguirlo hecha a un dignatario rico, y rechazada por éste («¡Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el Reino de Dios!», 18,18-30). El encuentro con Zaqueo, jefe de publicanos y rico, que produjo un vuelco en su escala de valores («Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres», 19,1-10). El elogio de la viuda pobre que echaba dos pequeñas monedas en el cepillo (21,1-4).

El mensaje central de la narración ejemplar del pobre Lázaro (Dios ayuda) y el rico vividor se puede resumir en el peligro de las riquezas. Es muy semejante a la enseñanza que se desprende de la parábola del rico insensato que pensaba que la vida dependía de los bienes de la tierra, que, cuando había resuelto cómo hacer acopio de la gran cosecha de aquel año, se le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?” (12,20). Las riquezas son tan tentadoras y atractivas que pueden desviar nuestra opción fundamental, en vez de por Dios, por las criaturas: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13). Pero las riquezas pueden solamente hacernos más placentera la vida, pero no garantizarla.

Muere el pobre y muere el rico. Pero la vida no termina con la muerte. La vida del hombre está en las manos de Dios, a quien hemos de dar cuenta de nuestra conducta. Si hemos puesto en Él nuestra confianza, no nos fallará; pero si la hemos entregado a las riquezas (por contraposición a Dios), sólo pueden acompañarnos hasta la sepultura, porque son de este mundo.

Es de notar, en la parábola, que ni siquiera se dice que el rico se ensañe con el pobre (de donde se desprende una intención más teológica que social), sino que tan sólo lo ignoraba, mientras ponía en práctica su lema “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Ya había tenido su recompensa, y hasta su cadáver había recibido sepultura y reposaba en paz. En cambio el pobre sólo había saboreado desdichas, aunque se había librado de la seducción de las riquezas, por lo que se le supone un hombre piadoso, que había puesto su confianza en el Señor. (No se trata, pues, de un cambio automático de destinos –males por bienes, consuelo por desdicha–, sino con fundamento teologal). Y naturalmente el Señor dispuso que fuera llevado al seno de Abrahán, donde los justos participaban anticipadamente de los gozos de la resurrección de los muertos.

Jesús asume las enseñanzas de la escatología judía sobre el más allá: que Dios hará justicia, a tenor de la conducta seguida por el hombre en este mundo; que la suerte del hombre en el otro mundo será irrevocable, y que las indicaciones que el Señor nos ofrece por medio de sus enseñanzas y los buenos ejemplos de los compañeros de camino son más que suficientes para que orientemos rectamente nuestra vida para merecer la vida eterna.

No echemos, pues, en saco roto las advertencias y los estímulos que recibimos.

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