/ sábado 12 de octubre de 2019

EPISCOPEO

Existen ciertos paralelismos entre el general Naamán, jefe del ejército de sirio que da gracias a Dios por su curación y el samaritano, que al sentirse curado, se vuelve para dar gracias a Jesús por la curación que había obrado en él.

Naamán y el samaritano eran extranjeros, a ambos se les mandó cumplir una acción aparentemente irrelevante antes de que tuviera lugar la curación. Eliseo le dijo a Naamán que se bañara siete veces en el río Jordán; Jesús dijo a los diez leprosos que se presentasen ante el sacerdote, el cual podría certificar su curación, pero no podría sanar su lepra. En ambas historias, la curación ocurrió solamente después de haber obedecido al hombre de Dios. Ambos, Naamán y el samaritano, regresaron para dar gracias a Dios.

Los diez leprosos habrían oído hablar del poder curativo de Jesús y salen a su encuentro. Su súplica es la misma que los israelitas dirigían a Dios: ¡Ten piedad de nosotros! Le piden una doble curación, la de la enfermedad y la de la marginación a la que la ley judía les sometía por la enfermedad. En esta escena hay un pequeño detalle, muy importante en su significado; dice el evangelista que al verlos (v.14a). Jesús vio a los leprosos que otros no veían o no querían ver. Por eso, Jesús les cura y les devuelve su dignidad de personas.

Jesús no sana los leprosos inmediatamente, les manda presentarse al sacerdote (cfr.14b) para que constate lo que Jesús hará sobre ellos a lo largo del camino y certifique que ya no poseen la enfermedad. Los leprosos son sanados al obedecer a Jesús. Una vez que se sienten curados, solo hay uno, un samaritano, que regresará a Jesús para darle las gracias por la curación: los demás, es fácil suponer que salieran corriendo a comunicar a sus familias su nueva situación. El sacerdote era quien tenía que verificar la curación y dar el certificado de pureza (Lv 14,1-32).

La acción de Jesús, de enviarlos sin haberlos sanado, requería una gran fe por parte de los leprosos. Todos mientras iban de camino quedaron sanados. El samaritano regresa alabando a Dios en voz alta y se postra ante Jesús dándole gracias (v.15-16). Reconoce que Dios ha obrado por Jesús y lo declara abiertamente con un gesto de auténtica fe. Era un samaritano, un extranjero, un reprobado por los judíos. Por eso le dice Jesús: Levántate, vete; tu fe te ha salvado. Los otros nueve, ¿dónde están? (v.17). La pregunta de Jesús tiene sabor a crítica ante tanto desagradecimiento. ¿Cuántas veces nos paramos para darle gracias a Dios por tantos beneficios como diariamente nos concede?

Es fácil volverse contra Dios, si nos llega la enfermedad o cualquier contratiempo, pero qué pocas veces le damos gracias por la salud, por tantas cosas de las que disfrutamos diariamente. Olvidamos, como dice Job, que nacimos desnudos, sin nada y así moriremos, nada es nuestro. Dios, con frecuencia, viene a ser para nosotros la farmacia a donde acudimos para reclamar los derechos que creemos tener. En cambio, tanto Naamán como el samaritano, hombres religiosamente descalificados y señalados como personas no cumplidoras, nos enseñan que el verdadero culto a Dios pasa por el agradecimiento y el reconocimiento de todo lo que tenemos como don de Dios.

En este texto más que la curación destaca el agradecimiento, prioridad sobre el culto externo a Dios. Su fe no solo lo había sanado, sino que también le había salvado, mientras que a los otros nueve su fe, la fe judía, solamente los había sanado. Faltaba el paso del agradecimiento y adoración a Dios. Si no reconocemos lo mucho que recibimos de Dios, echamos a perder el verdadero significado de la fe, que implica siempre admiración, alabanza y acción de gracias. Los grandes hombres y mujeres son siempre agradecidos: atribuyen a Dios, fuente de todo bien, lo que son, lo que tienen y lo que hacen.

La curación de la lepra es también un reflejo de nuestra lepra espiritual, de nuestro pecado. Cristo ha venido a sanarnos de la lepra del alma, del pecado. Sólo desde una fe agradecida y de arrepentimiento, el Señor nos mira como a los leprosos y nos dice: Id al sacerdote. Como los diez leprosos, cuando dejamos que el pecado anide en nuestra vida, nos mantenemos a distancia y si queremos realmente ser sanados, tenemos que gritar con el corazón más que con los labios: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.

Y Jesús nos dice: Id a presentaros a los sacerdotes, no para que los sacerdotes nos limpien, sino para que nos declaren limpios. La fe es la que nos salva y restable la relación profunda con Dios, que habíamos perdido por el pecado. Solamente quien sabe agradecer, como el samaritano, demuestra que acepta que lo que tiene es puro don de Dios y se vuelve hacia él agradecido.

Volvámonos hacia Jesús, sabiendo que como vio a los leprosos, también verá nuestra situación personal, nuestras enfermedades y nuestros pecados, y gritémosle: ¡Ten piedad de nosotros!

Existen ciertos paralelismos entre el general Naamán, jefe del ejército de sirio que da gracias a Dios por su curación y el samaritano, que al sentirse curado, se vuelve para dar gracias a Jesús por la curación que había obrado en él.

Naamán y el samaritano eran extranjeros, a ambos se les mandó cumplir una acción aparentemente irrelevante antes de que tuviera lugar la curación. Eliseo le dijo a Naamán que se bañara siete veces en el río Jordán; Jesús dijo a los diez leprosos que se presentasen ante el sacerdote, el cual podría certificar su curación, pero no podría sanar su lepra. En ambas historias, la curación ocurrió solamente después de haber obedecido al hombre de Dios. Ambos, Naamán y el samaritano, regresaron para dar gracias a Dios.

Los diez leprosos habrían oído hablar del poder curativo de Jesús y salen a su encuentro. Su súplica es la misma que los israelitas dirigían a Dios: ¡Ten piedad de nosotros! Le piden una doble curación, la de la enfermedad y la de la marginación a la que la ley judía les sometía por la enfermedad. En esta escena hay un pequeño detalle, muy importante en su significado; dice el evangelista que al verlos (v.14a). Jesús vio a los leprosos que otros no veían o no querían ver. Por eso, Jesús les cura y les devuelve su dignidad de personas.

Jesús no sana los leprosos inmediatamente, les manda presentarse al sacerdote (cfr.14b) para que constate lo que Jesús hará sobre ellos a lo largo del camino y certifique que ya no poseen la enfermedad. Los leprosos son sanados al obedecer a Jesús. Una vez que se sienten curados, solo hay uno, un samaritano, que regresará a Jesús para darle las gracias por la curación: los demás, es fácil suponer que salieran corriendo a comunicar a sus familias su nueva situación. El sacerdote era quien tenía que verificar la curación y dar el certificado de pureza (Lv 14,1-32).

La acción de Jesús, de enviarlos sin haberlos sanado, requería una gran fe por parte de los leprosos. Todos mientras iban de camino quedaron sanados. El samaritano regresa alabando a Dios en voz alta y se postra ante Jesús dándole gracias (v.15-16). Reconoce que Dios ha obrado por Jesús y lo declara abiertamente con un gesto de auténtica fe. Era un samaritano, un extranjero, un reprobado por los judíos. Por eso le dice Jesús: Levántate, vete; tu fe te ha salvado. Los otros nueve, ¿dónde están? (v.17). La pregunta de Jesús tiene sabor a crítica ante tanto desagradecimiento. ¿Cuántas veces nos paramos para darle gracias a Dios por tantos beneficios como diariamente nos concede?

Es fácil volverse contra Dios, si nos llega la enfermedad o cualquier contratiempo, pero qué pocas veces le damos gracias por la salud, por tantas cosas de las que disfrutamos diariamente. Olvidamos, como dice Job, que nacimos desnudos, sin nada y así moriremos, nada es nuestro. Dios, con frecuencia, viene a ser para nosotros la farmacia a donde acudimos para reclamar los derechos que creemos tener. En cambio, tanto Naamán como el samaritano, hombres religiosamente descalificados y señalados como personas no cumplidoras, nos enseñan que el verdadero culto a Dios pasa por el agradecimiento y el reconocimiento de todo lo que tenemos como don de Dios.

En este texto más que la curación destaca el agradecimiento, prioridad sobre el culto externo a Dios. Su fe no solo lo había sanado, sino que también le había salvado, mientras que a los otros nueve su fe, la fe judía, solamente los había sanado. Faltaba el paso del agradecimiento y adoración a Dios. Si no reconocemos lo mucho que recibimos de Dios, echamos a perder el verdadero significado de la fe, que implica siempre admiración, alabanza y acción de gracias. Los grandes hombres y mujeres son siempre agradecidos: atribuyen a Dios, fuente de todo bien, lo que son, lo que tienen y lo que hacen.

La curación de la lepra es también un reflejo de nuestra lepra espiritual, de nuestro pecado. Cristo ha venido a sanarnos de la lepra del alma, del pecado. Sólo desde una fe agradecida y de arrepentimiento, el Señor nos mira como a los leprosos y nos dice: Id al sacerdote. Como los diez leprosos, cuando dejamos que el pecado anide en nuestra vida, nos mantenemos a distancia y si queremos realmente ser sanados, tenemos que gritar con el corazón más que con los labios: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.

Y Jesús nos dice: Id a presentaros a los sacerdotes, no para que los sacerdotes nos limpien, sino para que nos declaren limpios. La fe es la que nos salva y restable la relación profunda con Dios, que habíamos perdido por el pecado. Solamente quien sabe agradecer, como el samaritano, demuestra que acepta que lo que tiene es puro don de Dios y se vuelve hacia él agradecido.

Volvámonos hacia Jesús, sabiendo que como vio a los leprosos, también verá nuestra situación personal, nuestras enfermedades y nuestros pecados, y gritémosle: ¡Ten piedad de nosotros!

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