/ sábado 11 de mayo de 2019

EPISCOPEO

A través de las imágenes poéticas y amables del pastor y las ovejas, la liturgia de la palabra de este domingo nos lleva a la contemplación de una realidad que desborda lo que esta comparación daría de sí, en términos estrictos, para ofrecernos una realidad gozosa. Efectivamente, la figura de Jesús/Buen Pastor de sus ovejas nos transmite confianza, porque desempeña fielmente lo que Él es. El Padre, como hemos cantado en el salmo responsorial –Él nos hizo y somos suyos–, nos ha confiado a su Hijo. Y Éste nos dice que valemos mucho, que no nos perderemos nunca; que nadie nos arrebatará de sus manos; que nos da vida eterna, aquella que nos introduce en su intimidad y en la intimidad del Padre del Espíritu Santo.

Hermanas y hermanos, dejémonos penetrar por aquellas palabras del Señor resucitado; ellas nos reconcilian con nosotros mismos. Quizás no siempre nos lo creemos suficientemente que estamos en buenas manos, que valemos mucho, que, a pesar de todo, nuestra debilidad –la del rebaño– claro que puede llegar adonde llega la fortaleza del Pastor. Éstos son sentimientos de esperanza, de paz íntima, de gozo interior. Sentimientos pascuales, todos ellos.

La presencia del Buen Pastor no sólo se hace patente en el breve pasaje evangélico que hemos leído sino que la encontramos en varios otros textos de la liturgia de este día; así en la oración inicial pedíamos que “el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor”; la antífona de la comunión afirma que “ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey”; en la última oración de la misa nos dirigiremos a Dios Padre con estas palabras: “Pastor Bueno…, haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu reino”.

Reconforta escuchar que Jesús conoce a sus ovejas, es decir: nos conoce a nosotros, me conoce a mí… La forma como somos vistos por los demás queda más bien en lo exterior. A veces nos sentimos incomprendidos, o quizás no sabemos explicarnos. También hay zonas oscuras en nuestro corazón. Es altamente liberador saber que Jesús nos penetra como luz que disipa con naturalidad la oscuridad. Él nos mira, no desde la distancia, sino desde la proximidad de su experiencia humana. Una experiencia de contacto amoroso con ciegos de nacimiento, con leprosos marginados, con la viuda que había perdido a su único hijo… También con hombres corruptos, como Zaqueo o con prostitutas, como María Magdalena.

Hay, por otra parte, tres afirmaciones básicas, hechas por Jesús, en el pasaje evangélico; ellas nos hablan de conocimiento, cercanía y de entrega total. Son éstas: “yo las conozco”, “yo les doy la vida eterna” y “nadie las arrebatará de mi mano”. La vida que le comunica a Él su Padre, Dios, la comunica Él, a su vez, a todos nosotros, con tal nos encuentre dispuestos a recibirla. En efecto, el Pastor nos pide una actitud receptiva y acogedora: “mis ovejas escuchan mi voz… y ellas me siguen”. Si queremos ser auténticos seguidores de Jesús, no se trata sólo de ser bautizados, sino de creer en Él, escuchar su voz, tratar de que nuestra mentalidad sea como la suya. Y eso, no sólo cuando el camino se nos hace fácil, sino también cuando estamos inmersos todavía “en la gran tribulación”, de la que nos habla el Apocalipsis en la segunda lectura.

Hay todavía otro aspecto que nos hace pensar. Como el Buen Pastor se ocupa de todas las ovejas y ha dado su vida por todas, así la Iglesia intenta ser universal y anunciar a todos los hombres la Buena Nueva, con la perspectiva ideal que nos presenta el Apocalipsis: una muchedumbre inmensa de toda raza y lengua, que ya gozan de Dios. Miembros que somos de la Iglesia, todos nosotros estamos llamados a ser apóstoles, cada uno en su ambiente: en el servicio familiar de educación de los hijos, en la atención a los ancianos, en nuestro diálogo con los alejados, en el fiel desempeño de nuestra profesión, etc.

En este apostolado podremos encontrar algo parecido a lo que les pasó a san Pablo y a san Bernabé en su predicación en la ciudad de Antioquía. Lo hemos escuchado en la primera lectura: Había entre sus oyentes paganos y judíos; los paganos acudían con los mejores deseos de instruirse en la nueva fe; entre los judíos, algunos habían ido para ser fortalecidos en la fidelidad a Dios; otros, por el contrario, llenos de envida y rencor, los llenaron de insultos. Ante esta hostilidad, los Apóstoles hacen recaer sobre ellos mismos toda la responsabilidad y se marchan a anunciar el Evangelio a otras gentes mejor dispuestas interiormente. Quizá no llegue a tanto la oposición que nosotros podamos encontrar y por ello habrá que insistir.

En el Apocalipsis –segunda lectura– se nos propone, como punto de partida para la conversión a Dios, una “gran tribulación”. Sin precisar si ésta se refiere a las persecuciones por las que estaban pasando ya los nuevos cristianos, la conversión arranca siempre de una gran tribulación, tanto más dolorosa cuanto que muchas veces procede de la propia familia o de personas muy allegadas. Ello nos puede hacer entender que lo que para unos es ocasión para alejarse aún más de Dios, a otros les sirve para llegar a Él: ciertamente todo depende de la disposición interior. Dios siempre está ahí, junto al hombre, a quien ha dotado de libertad.

En este Domingo del Buen Pastor celebramos la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones. Hoy se nos pide que elevemos nuestra plegaria al Padre de las luces para que ayude a todo hombre a descubrir su vocación y para que, una vez descubierta, sepa vivirla con entrega y generosidad. Pero hoy nuestra oración vocacional tiene como referencia muy especial las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. A nadie se le oculta la crisis por la que está pasando la Iglesia en estos dos campos. Pues bien, ésta es la palabra de orden de Jesús: Pedid al Dueño de la mies que envíe trabajadores (Mt 9,38).

A través de las imágenes poéticas y amables del pastor y las ovejas, la liturgia de la palabra de este domingo nos lleva a la contemplación de una realidad que desborda lo que esta comparación daría de sí, en términos estrictos, para ofrecernos una realidad gozosa. Efectivamente, la figura de Jesús/Buen Pastor de sus ovejas nos transmite confianza, porque desempeña fielmente lo que Él es. El Padre, como hemos cantado en el salmo responsorial –Él nos hizo y somos suyos–, nos ha confiado a su Hijo. Y Éste nos dice que valemos mucho, que no nos perderemos nunca; que nadie nos arrebatará de sus manos; que nos da vida eterna, aquella que nos introduce en su intimidad y en la intimidad del Padre del Espíritu Santo.

Hermanas y hermanos, dejémonos penetrar por aquellas palabras del Señor resucitado; ellas nos reconcilian con nosotros mismos. Quizás no siempre nos lo creemos suficientemente que estamos en buenas manos, que valemos mucho, que, a pesar de todo, nuestra debilidad –la del rebaño– claro que puede llegar adonde llega la fortaleza del Pastor. Éstos son sentimientos de esperanza, de paz íntima, de gozo interior. Sentimientos pascuales, todos ellos.

La presencia del Buen Pastor no sólo se hace patente en el breve pasaje evangélico que hemos leído sino que la encontramos en varios otros textos de la liturgia de este día; así en la oración inicial pedíamos que “el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor”; la antífona de la comunión afirma que “ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey”; en la última oración de la misa nos dirigiremos a Dios Padre con estas palabras: “Pastor Bueno…, haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu reino”.

Reconforta escuchar que Jesús conoce a sus ovejas, es decir: nos conoce a nosotros, me conoce a mí… La forma como somos vistos por los demás queda más bien en lo exterior. A veces nos sentimos incomprendidos, o quizás no sabemos explicarnos. También hay zonas oscuras en nuestro corazón. Es altamente liberador saber que Jesús nos penetra como luz que disipa con naturalidad la oscuridad. Él nos mira, no desde la distancia, sino desde la proximidad de su experiencia humana. Una experiencia de contacto amoroso con ciegos de nacimiento, con leprosos marginados, con la viuda que había perdido a su único hijo… También con hombres corruptos, como Zaqueo o con prostitutas, como María Magdalena.

Hay, por otra parte, tres afirmaciones básicas, hechas por Jesús, en el pasaje evangélico; ellas nos hablan de conocimiento, cercanía y de entrega total. Son éstas: “yo las conozco”, “yo les doy la vida eterna” y “nadie las arrebatará de mi mano”. La vida que le comunica a Él su Padre, Dios, la comunica Él, a su vez, a todos nosotros, con tal nos encuentre dispuestos a recibirla. En efecto, el Pastor nos pide una actitud receptiva y acogedora: “mis ovejas escuchan mi voz… y ellas me siguen”. Si queremos ser auténticos seguidores de Jesús, no se trata sólo de ser bautizados, sino de creer en Él, escuchar su voz, tratar de que nuestra mentalidad sea como la suya. Y eso, no sólo cuando el camino se nos hace fácil, sino también cuando estamos inmersos todavía “en la gran tribulación”, de la que nos habla el Apocalipsis en la segunda lectura.

Hay todavía otro aspecto que nos hace pensar. Como el Buen Pastor se ocupa de todas las ovejas y ha dado su vida por todas, así la Iglesia intenta ser universal y anunciar a todos los hombres la Buena Nueva, con la perspectiva ideal que nos presenta el Apocalipsis: una muchedumbre inmensa de toda raza y lengua, que ya gozan de Dios. Miembros que somos de la Iglesia, todos nosotros estamos llamados a ser apóstoles, cada uno en su ambiente: en el servicio familiar de educación de los hijos, en la atención a los ancianos, en nuestro diálogo con los alejados, en el fiel desempeño de nuestra profesión, etc.

En este apostolado podremos encontrar algo parecido a lo que les pasó a san Pablo y a san Bernabé en su predicación en la ciudad de Antioquía. Lo hemos escuchado en la primera lectura: Había entre sus oyentes paganos y judíos; los paganos acudían con los mejores deseos de instruirse en la nueva fe; entre los judíos, algunos habían ido para ser fortalecidos en la fidelidad a Dios; otros, por el contrario, llenos de envida y rencor, los llenaron de insultos. Ante esta hostilidad, los Apóstoles hacen recaer sobre ellos mismos toda la responsabilidad y se marchan a anunciar el Evangelio a otras gentes mejor dispuestas interiormente. Quizá no llegue a tanto la oposición que nosotros podamos encontrar y por ello habrá que insistir.

En el Apocalipsis –segunda lectura– se nos propone, como punto de partida para la conversión a Dios, una “gran tribulación”. Sin precisar si ésta se refiere a las persecuciones por las que estaban pasando ya los nuevos cristianos, la conversión arranca siempre de una gran tribulación, tanto más dolorosa cuanto que muchas veces procede de la propia familia o de personas muy allegadas. Ello nos puede hacer entender que lo que para unos es ocasión para alejarse aún más de Dios, a otros les sirve para llegar a Él: ciertamente todo depende de la disposición interior. Dios siempre está ahí, junto al hombre, a quien ha dotado de libertad.

En este Domingo del Buen Pastor celebramos la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones. Hoy se nos pide que elevemos nuestra plegaria al Padre de las luces para que ayude a todo hombre a descubrir su vocación y para que, una vez descubierta, sepa vivirla con entrega y generosidad. Pero hoy nuestra oración vocacional tiene como referencia muy especial las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. A nadie se le oculta la crisis por la que está pasando la Iglesia en estos dos campos. Pues bien, ésta es la palabra de orden de Jesús: Pedid al Dueño de la mies que envíe trabajadores (Mt 9,38).

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