/ domingo 16 de diciembre de 2018

Intellego ut credam

Este recordatorio que el vicario de Cristo nos hace a todos los fieles de la iglesia, no cae mal en el período del Adviento, tiempo de la espera esperanzadora, pues las compras, los regalos, el quedar bien con los demás, las diversiones, a veces malsanas de esta época, y otras cuestiones no indispensables, nos han alejado del objetivo principal.

Estos tiempos decembrinos de celebración se prestan sin duda, para reunirse con amigos, familiares, compañeros de trabajo y de escuela, con tal de festejar las “Posadas” y la Navidad. El “aguinaldo” hace su presencia de manera anticipada y la economía repunta momentáneamente en las familias; la actitud de muchos conciudadanos se transforma, pues con un peso más en los bolsillos sale el tirano que llevamos dentro.

Nuestra ciudad capital se ve abarrotada por la presencia de los peregrinos de todos los municipios, que vienen a hacer sus compras navideñas a tiempo y a destiempo. La temporada para los comercios por muy deprimente que sea, repunta en algo, y el consumismo falaz distintivo de este tiempo, deja sentir su suave caricia a quienes ofrecen tal o cual producto. Nuestras ciudades y pueblos, se engalana por los visitantes que de uno o de otro lugar, vienen a pasar estos momentos que siguen siendo para muchos de excepción y estricta familiaridad.

Como fruto de estos “convivios” familiares de cada año, sobre todo para las fechas de fin de año, pueblos y ciudades quedan cargadas de toneladas de basura que nuestras autoridades municipales presurosas se tienen que empeñar en recolectar, la mayor parte por las compras y consumo de regalos, adornos y otros “detalles navideños”.

También, por esos días, suele incrementarse los casos de violencia intrafamiliar, debido en gran medida, a la situación económica de muchas familias, pues se estila que en estos tiempos “se debe consumir más” y, si no es posible hacerlo, se incurre en una espiral de violencia y de angustia depresiva.

Además, en esta época se intensifica el número de accidentes viales, casi todos relacionados con el consumo excesivo de alcohol, por lo que las autoridades llevan a cabo atinados operativos de retención y prevención. Ante esto, cabe preguntarse: ¿No es contraproducente que en una época de celebración “espiritual” se lleven a cabo tantos despropósitos?

El conjunto de celebraciones de este lapso conforma el famoso maratón “GUADALUPE–REYES”, que muchos aprovechan para “celebrar” con la familia y amigos grandes comilonas, intercambiar regalos, e incluso aprovechar para borracheras.

Hace algún tiempo, el Papa Francisco nos regaló una exhortación apostólica llamada “Evangelii Gaudium”, que significa EL GOZO DEL EVANGELIO. Con ella, el Santo Padre quiere “darnos una sacudida” a toda la iglesia, pero con la alegría que contagia, que es la característica del que ha encontrado un valioso tesoro y no tiene temor en anunciarlo. La invitación es a recuperar algo nuestro, algo totalmente cristiano: la frescura, la belleza de la fe. El Papa escribe, en el número 93 de la exhortación, algo acerca de la mundanidad espiritual.

Observa que ésta trata de meras apariencias, pues se busca el bienestar personal antes que la gloria de Dios. Subraya que esta espiritualidad se alimenta de dos cosas: de una fe encerrada en el subjetivismo (primero yo, luego yo, y al final yo), y la confianza excesiva en las propias fuerzas (otra vez: primero yo, luego yo, y al final yo). Lo que llama la atención es, que a esta mundanidad espiritual no le interesan ni Jesucristo ni los demás. De igual modo, afirma que en la cultura que hoy domina, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. ¿Tiene razón el Papa?

Este recordatorio que el vicario de Cristo nos hace a todos los fieles de la iglesia, no cae mal en el período del Adviento, tiempo de la espera esperanzadora, pues las compras, los regalos, el quedar bien con los demás, las diversiones, a veces malsanas de esta época, y otras cuestiones no indispensables, nos han alejado del objetivo principal.

Muchos han olvidado que la alegría del Salvador que llega, el nacimiento del hijo de Dios, la contemplación del misterio divino, son el centro del Adviento y la Navidad. Ahí, el gozo está por encima de los regalos; el abrazo es más valioso que un obsequio costoso. Esperamos, pues, que la familia, la amistad, la fraternidad, la reconciliación, prevalezcan frente al consumismo y la superficialidad que nos dejan vacíos. No perdamos la brújula. Tampoco olvidemos que, con Jesucristo, siempre nace y se renueva la alegría.

Este recordatorio que el vicario de Cristo nos hace a todos los fieles de la iglesia, no cae mal en el período del Adviento, tiempo de la espera esperanzadora, pues las compras, los regalos, el quedar bien con los demás, las diversiones, a veces malsanas de esta época, y otras cuestiones no indispensables, nos han alejado del objetivo principal.

Estos tiempos decembrinos de celebración se prestan sin duda, para reunirse con amigos, familiares, compañeros de trabajo y de escuela, con tal de festejar las “Posadas” y la Navidad. El “aguinaldo” hace su presencia de manera anticipada y la economía repunta momentáneamente en las familias; la actitud de muchos conciudadanos se transforma, pues con un peso más en los bolsillos sale el tirano que llevamos dentro.

Nuestra ciudad capital se ve abarrotada por la presencia de los peregrinos de todos los municipios, que vienen a hacer sus compras navideñas a tiempo y a destiempo. La temporada para los comercios por muy deprimente que sea, repunta en algo, y el consumismo falaz distintivo de este tiempo, deja sentir su suave caricia a quienes ofrecen tal o cual producto. Nuestras ciudades y pueblos, se engalana por los visitantes que de uno o de otro lugar, vienen a pasar estos momentos que siguen siendo para muchos de excepción y estricta familiaridad.

Como fruto de estos “convivios” familiares de cada año, sobre todo para las fechas de fin de año, pueblos y ciudades quedan cargadas de toneladas de basura que nuestras autoridades municipales presurosas se tienen que empeñar en recolectar, la mayor parte por las compras y consumo de regalos, adornos y otros “detalles navideños”.

También, por esos días, suele incrementarse los casos de violencia intrafamiliar, debido en gran medida, a la situación económica de muchas familias, pues se estila que en estos tiempos “se debe consumir más” y, si no es posible hacerlo, se incurre en una espiral de violencia y de angustia depresiva.

Además, en esta época se intensifica el número de accidentes viales, casi todos relacionados con el consumo excesivo de alcohol, por lo que las autoridades llevan a cabo atinados operativos de retención y prevención. Ante esto, cabe preguntarse: ¿No es contraproducente que en una época de celebración “espiritual” se lleven a cabo tantos despropósitos?

El conjunto de celebraciones de este lapso conforma el famoso maratón “GUADALUPE–REYES”, que muchos aprovechan para “celebrar” con la familia y amigos grandes comilonas, intercambiar regalos, e incluso aprovechar para borracheras.

Hace algún tiempo, el Papa Francisco nos regaló una exhortación apostólica llamada “Evangelii Gaudium”, que significa EL GOZO DEL EVANGELIO. Con ella, el Santo Padre quiere “darnos una sacudida” a toda la iglesia, pero con la alegría que contagia, que es la característica del que ha encontrado un valioso tesoro y no tiene temor en anunciarlo. La invitación es a recuperar algo nuestro, algo totalmente cristiano: la frescura, la belleza de la fe. El Papa escribe, en el número 93 de la exhortación, algo acerca de la mundanidad espiritual.

Observa que ésta trata de meras apariencias, pues se busca el bienestar personal antes que la gloria de Dios. Subraya que esta espiritualidad se alimenta de dos cosas: de una fe encerrada en el subjetivismo (primero yo, luego yo, y al final yo), y la confianza excesiva en las propias fuerzas (otra vez: primero yo, luego yo, y al final yo). Lo que llama la atención es, que a esta mundanidad espiritual no le interesan ni Jesucristo ni los demás. De igual modo, afirma que en la cultura que hoy domina, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. ¿Tiene razón el Papa?

Este recordatorio que el vicario de Cristo nos hace a todos los fieles de la iglesia, no cae mal en el período del Adviento, tiempo de la espera esperanzadora, pues las compras, los regalos, el quedar bien con los demás, las diversiones, a veces malsanas de esta época, y otras cuestiones no indispensables, nos han alejado del objetivo principal.

Muchos han olvidado que la alegría del Salvador que llega, el nacimiento del hijo de Dios, la contemplación del misterio divino, son el centro del Adviento y la Navidad. Ahí, el gozo está por encima de los regalos; el abrazo es más valioso que un obsequio costoso. Esperamos, pues, que la familia, la amistad, la fraternidad, la reconciliación, prevalezcan frente al consumismo y la superficialidad que nos dejan vacíos. No perdamos la brújula. Tampoco olvidemos que, con Jesucristo, siempre nace y se renueva la alegría.

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