/ lunes 4 de febrero de 2019

Intellego ut credam

Desde que San Anselmo, con un argumento ontológico, afirmara que, partiendo de la idea de Dios, es posible probar su existencia, y Santo Tomás, para demostrarla, propusiera sus famosas cinco vías, que concluyen con el estribillo «a esto todos lo llaman Dios», la teodicea y la apologética clásica, como propedéutica de la teología, han defendido la posibilidad de afirmar la existencia de Dios sobre la base de argumentos de razón.

Lo que llamamos apologética “tradicional” o apologética “clásica”, está estructurada en una metodología básica, con su triple proceso de demostración religiosa, demostración cristiana y demostración católica. Es el resultado de una necesidad histórica, a saber: la lucha contra los protestantes del siglo XVI, los libertinos y los ateos prácticos del siglo XVII y los deístas y enciclopedistas del siglo XVIII. A los ateos y libertinos había que oponerles una teodicea (teología natural) rigurosa y mostrarles la necesidad de la religión.

Contra los deístas, que se contentaban con una religión natural y rechazaban toda idea de revelación histórica, había que mostrar que el cristianismo es la verdadera religión, sobre la base de unas pruebas apodícticas (demostrativas), que establecieran que Jesucristo es aquel que habla en nombre de Dios. Finalmente, contra los protestantes había que mostrar que la Iglesia Católica, entre las diversas confesiones cristianas, es la única y verdadera Iglesia. En el contexto del Vaticano I, estos criterios son ante todo los milagros y las profecías de Jesucristo.

La apologética clásica pretende pues, manifestar la credibilidad de la revelación.

Pues bien, es importante subrayar que la revelación de la que aquí se trata no es una revelación de tipo filosófico, cuyo modelo podría trazarse por anticipado, sino una realidad muy específica, que nos viene por los caminos de la historia y de la encarnación, un evento histórico, DIOS SE HACE HOMBRE. Sólo la revelación puede decirnos qué es la revelación.

La primera urgencia de la apologética, por consiguiente, es estudiar esta intervención de Dios en Jesucristo, con toda su riqueza y todas sus dimensiones.

De aquí se desprende Igualmente, el importante estudio válido de los signos, pues al tratarse el hecho de la Revelación de un Acontecimiento Histórico, habría que ponderar el estudio de cada uno de los signos, su riqueza, su significado, pero primordialmente, entenderlos desde el signo que pone estos signos, a saber: Jesús de Nazaret. Esta revelación tan específica es el dato fundamental sobre el que se ejerce la reflexión para captar su consistencia histórica, así como su sentido.

En efecto, la apologética clásica articula estableciendo sobre la base de argumentos externos, que Jesús es el enviado de Dios y que ha fundado la Iglesia, concluía que había que recibir de esa Iglesia todo lo que debemos creer. La revelación es “creíble” no sólo por causa de los signos externos, sino también porque revela al hombre a sí mismo; es incluso la única clave de inteligibilidad del misterio del hombre.

Hasta bien avanzado el siglo XX, la apologética no cesó de endurecerse contra sus adversarios protestantes, deístas y racionalistas. De cualquier manera, esta metodología respondió de manera contundente ante la circunstancias históricas que la requirieron, la Iglesia a través de de este esquema, pudo afrontar la oleada de ataques a su doctrina y a la ortodoxia del contenido de la misma. El depósito de la fe, custodiado por la Iglesia se vio preservado de manera contundente ante la también contundencia de sus detractores.

El rigor de este método, permanece vigente hasta la postguerra, pasando por supuesto por la propuesta del Concilio Vaticano (1869-1870), que pesa sobre el Racionalismo y el Fideísmo y otros errores más de la época, que ponen en peligro el concepto de Revelación y que cuestionan en ese formato racional la autoridad de la Iglesia. El Racionalismo: la razón natural es la única fuente de verdad. Por tanto, somete toda la revelación sobrenatural a los postulados de la razón. Intenta demostrar que todas las “verdades” que pretende comunicar la revelación sobrenatural, en realidad se pueden deducir a partir de la razón natural, sin recurrir a una religión revelada.

Para ello se parte de los sistemas filosóficos de Descartes, Kant y Hegel.

Resultado: la revelación sobrenatural desaparece y se diluye en la razón natural.

Fideísmo: coincide con el postulado que acepta que la razón natural es la única fuente de conocimiento En lugar de reducir la revelación sobrenatural a la razón (racionalismo), se despoja a la revelación de todo fundamento racional. Fe y razón son dos ámbitos totalmente separados.

La religión revelada no tiene que temer nada de los postulados de la modernidad, puesto que la fe no tiene ningún fundamento racional. Resultado: la fe queda reducida al ámbito de lo sentimental, o lo irracional. Así, la persona creyente se rompe en dos partes irreconciliables: un corazón /sentimiento que tiene “fe”, y una cabeza /pensamiento que es “atea”.

Desde que San Anselmo, con un argumento ontológico, afirmara que, partiendo de la idea de Dios, es posible probar su existencia, y Santo Tomás, para demostrarla, propusiera sus famosas cinco vías, que concluyen con el estribillo «a esto todos lo llaman Dios», la teodicea y la apologética clásica, como propedéutica de la teología, han defendido la posibilidad de afirmar la existencia de Dios sobre la base de argumentos de razón.

Lo que llamamos apologética “tradicional” o apologética “clásica”, está estructurada en una metodología básica, con su triple proceso de demostración religiosa, demostración cristiana y demostración católica. Es el resultado de una necesidad histórica, a saber: la lucha contra los protestantes del siglo XVI, los libertinos y los ateos prácticos del siglo XVII y los deístas y enciclopedistas del siglo XVIII. A los ateos y libertinos había que oponerles una teodicea (teología natural) rigurosa y mostrarles la necesidad de la religión.

Contra los deístas, que se contentaban con una religión natural y rechazaban toda idea de revelación histórica, había que mostrar que el cristianismo es la verdadera religión, sobre la base de unas pruebas apodícticas (demostrativas), que establecieran que Jesucristo es aquel que habla en nombre de Dios. Finalmente, contra los protestantes había que mostrar que la Iglesia Católica, entre las diversas confesiones cristianas, es la única y verdadera Iglesia. En el contexto del Vaticano I, estos criterios son ante todo los milagros y las profecías de Jesucristo.

La apologética clásica pretende pues, manifestar la credibilidad de la revelación.

Pues bien, es importante subrayar que la revelación de la que aquí se trata no es una revelación de tipo filosófico, cuyo modelo podría trazarse por anticipado, sino una realidad muy específica, que nos viene por los caminos de la historia y de la encarnación, un evento histórico, DIOS SE HACE HOMBRE. Sólo la revelación puede decirnos qué es la revelación.

La primera urgencia de la apologética, por consiguiente, es estudiar esta intervención de Dios en Jesucristo, con toda su riqueza y todas sus dimensiones.

De aquí se desprende Igualmente, el importante estudio válido de los signos, pues al tratarse el hecho de la Revelación de un Acontecimiento Histórico, habría que ponderar el estudio de cada uno de los signos, su riqueza, su significado, pero primordialmente, entenderlos desde el signo que pone estos signos, a saber: Jesús de Nazaret. Esta revelación tan específica es el dato fundamental sobre el que se ejerce la reflexión para captar su consistencia histórica, así como su sentido.

En efecto, la apologética clásica articula estableciendo sobre la base de argumentos externos, que Jesús es el enviado de Dios y que ha fundado la Iglesia, concluía que había que recibir de esa Iglesia todo lo que debemos creer. La revelación es “creíble” no sólo por causa de los signos externos, sino también porque revela al hombre a sí mismo; es incluso la única clave de inteligibilidad del misterio del hombre.

Hasta bien avanzado el siglo XX, la apologética no cesó de endurecerse contra sus adversarios protestantes, deístas y racionalistas. De cualquier manera, esta metodología respondió de manera contundente ante la circunstancias históricas que la requirieron, la Iglesia a través de de este esquema, pudo afrontar la oleada de ataques a su doctrina y a la ortodoxia del contenido de la misma. El depósito de la fe, custodiado por la Iglesia se vio preservado de manera contundente ante la también contundencia de sus detractores.

El rigor de este método, permanece vigente hasta la postguerra, pasando por supuesto por la propuesta del Concilio Vaticano (1869-1870), que pesa sobre el Racionalismo y el Fideísmo y otros errores más de la época, que ponen en peligro el concepto de Revelación y que cuestionan en ese formato racional la autoridad de la Iglesia. El Racionalismo: la razón natural es la única fuente de verdad. Por tanto, somete toda la revelación sobrenatural a los postulados de la razón. Intenta demostrar que todas las “verdades” que pretende comunicar la revelación sobrenatural, en realidad se pueden deducir a partir de la razón natural, sin recurrir a una religión revelada.

Para ello se parte de los sistemas filosóficos de Descartes, Kant y Hegel.

Resultado: la revelación sobrenatural desaparece y se diluye en la razón natural.

Fideísmo: coincide con el postulado que acepta que la razón natural es la única fuente de conocimiento En lugar de reducir la revelación sobrenatural a la razón (racionalismo), se despoja a la revelación de todo fundamento racional. Fe y razón son dos ámbitos totalmente separados.

La religión revelada no tiene que temer nada de los postulados de la modernidad, puesto que la fe no tiene ningún fundamento racional. Resultado: la fe queda reducida al ámbito de lo sentimental, o lo irracional. Así, la persona creyente se rompe en dos partes irreconciliables: un corazón /sentimiento que tiene “fe”, y una cabeza /pensamiento que es “atea”.

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