/ lunes 9 de noviembre de 2020

El descenso del religioso

¿No le sucedió alguna vez de que tuvo envidia al ver la prosperidad de los malvados? Sí, me refiero a esa gente arrogante, no importando si es rica o pobre, si está en el poder o en el anonimato, que no teme a Dios ni respeta al prójimo.

Hay un salmo, cuyo autor se identifica con Asaf, que así describe ese tipo de sentimiento: “ . . . casi perdí el equilibrio; mis pies resbalaron y estuve a punto de caer, porque envidiaba a los orgullosos cuando los veía prosperar a pesar de su maldad . . .” (Salmo 73.2,3)

Si leemos cuidadosamente esta canción de Asaf, vamos a descubrir que la envidia es apenas el primer peldaño de una escalera en descenso.

Cuando vemos la realidad desde el punto de vista religioso y hasta llegamos a coquetear con la idea de “el que no tranza no avanza” pensando: “¿Para qué me esfuerzo en pagar los impuestos o ser honesto en mis negocios si aquel no es honesto y prospera? El segunda peldaño en este camino es “la desilusión”: “entonces la gente se desanima y se confunde” (v10, NTV).

El religioso es incapaz de asumir la propia responsabilidad por su emoción, la cual transfiere a los demás: es “la gente”. Pero además intenta de manera irónica disculpar a Dios por hacerse de la vista gorda: …¿Acaso el Altísimo sabe lo que está pasando”. Luego asume una postura de “reprimido”: “Si yo realmente hubiera hablado”. Lo disfraza de heroísmo, pero en realidad es incapaz de poner en palabras con honestidad la verdad de sus motivaciones.

El religioso se caracteriza por invertir mucha energía en verse bien delante de Dios y delante de los demás. Lo primero, él sabe es imposible, en cuanto a lo segundo, no pasará mucho tiempo para que “muestre la hilacha”. El cuarto peldaño es el de “amargado”: “entonces me di cuenta de que mi corazón se llenó de amargura” (v 21 NTV). La misma llega como resultado indefectible del enojo reprimido.

La amargura es el estadio más peligroso, porque no sólo me afecta a mí en lo personal, sino contamina a los que me rodean y es el principal motivo por el que la gente no quiere saber nada de Dios, porque nadie quiere convivir con un “amargado”.

El salmista dice que todo se aclaró cuando “entró en el santuario” (v17). A eso yo le llamo “la hermenéutica del santuario”, porque es cuando adoramos a Dios que nuestro corazón se enternece y entonces y sólo entonces, experimentamos algo que nada tiene que ver con “religión”.

Son los goces de una genuina “relación” con Dios: Seguridad, amor y compañerismo. Relación que sólo podemos alcanzar por medio de Jesucristo quien murió por nuestros pecados y nos da acceso al Padre. Es allí donde Asaf, yo me imagino lee el salmo 37, una canción del rey David que nos sacará de este “hoyo” en el que se fue hundiendo y con él todos nosotros. La seguimos la próxima semana.

¿No le sucedió alguna vez de que tuvo envidia al ver la prosperidad de los malvados? Sí, me refiero a esa gente arrogante, no importando si es rica o pobre, si está en el poder o en el anonimato, que no teme a Dios ni respeta al prójimo.

Hay un salmo, cuyo autor se identifica con Asaf, que así describe ese tipo de sentimiento: “ . . . casi perdí el equilibrio; mis pies resbalaron y estuve a punto de caer, porque envidiaba a los orgullosos cuando los veía prosperar a pesar de su maldad . . .” (Salmo 73.2,3)

Si leemos cuidadosamente esta canción de Asaf, vamos a descubrir que la envidia es apenas el primer peldaño de una escalera en descenso.

Cuando vemos la realidad desde el punto de vista religioso y hasta llegamos a coquetear con la idea de “el que no tranza no avanza” pensando: “¿Para qué me esfuerzo en pagar los impuestos o ser honesto en mis negocios si aquel no es honesto y prospera? El segunda peldaño en este camino es “la desilusión”: “entonces la gente se desanima y se confunde” (v10, NTV).

El religioso es incapaz de asumir la propia responsabilidad por su emoción, la cual transfiere a los demás: es “la gente”. Pero además intenta de manera irónica disculpar a Dios por hacerse de la vista gorda: …¿Acaso el Altísimo sabe lo que está pasando”. Luego asume una postura de “reprimido”: “Si yo realmente hubiera hablado”. Lo disfraza de heroísmo, pero en realidad es incapaz de poner en palabras con honestidad la verdad de sus motivaciones.

El religioso se caracteriza por invertir mucha energía en verse bien delante de Dios y delante de los demás. Lo primero, él sabe es imposible, en cuanto a lo segundo, no pasará mucho tiempo para que “muestre la hilacha”. El cuarto peldaño es el de “amargado”: “entonces me di cuenta de que mi corazón se llenó de amargura” (v 21 NTV). La misma llega como resultado indefectible del enojo reprimido.

La amargura es el estadio más peligroso, porque no sólo me afecta a mí en lo personal, sino contamina a los que me rodean y es el principal motivo por el que la gente no quiere saber nada de Dios, porque nadie quiere convivir con un “amargado”.

El salmista dice que todo se aclaró cuando “entró en el santuario” (v17). A eso yo le llamo “la hermenéutica del santuario”, porque es cuando adoramos a Dios que nuestro corazón se enternece y entonces y sólo entonces, experimentamos algo que nada tiene que ver con “religión”.

Son los goces de una genuina “relación” con Dios: Seguridad, amor y compañerismo. Relación que sólo podemos alcanzar por medio de Jesucristo quien murió por nuestros pecados y nos da acceso al Padre. Es allí donde Asaf, yo me imagino lee el salmo 37, una canción del rey David que nos sacará de este “hoyo” en el que se fue hundiendo y con él todos nosotros. La seguimos la próxima semana.