/ domingo 9 de diciembre de 2018

Sobre el Campeonato Mundial de Ajedrez

En el ajedrez hay otro agravante: Los jugadores profesionales se preparan con módulos de análisis y bases de datos que conducen, es verdad, a cierta mecanicidad en la primera fase del juego.

El pasado 28 de noviembre concluyó el Campeonato Mundial de Ajedrez, llevado a cabo en Londres entre el defensor del título, el noruego Magnus Carlsen y su retador, el estadounidense Fabiano Caruana. Por cuarta ocasión consecutiva, Carlsen se consagró como campeón del mundo.

Fue un match apretado, en el que las 12 rondas previstas a ritmo clásico terminaron todas en empate. La competencia se decidió en los juegos rápidos, aplastando el noruego 3-0 a su rival. Me interesa señalar algunas lecturas que se han dado sobre la contienda, vista por gran parte de la afición cuando es generosa como aburrida, predecible, francamente decepcionante.

Como ocurre con cualquier deporte (dejemos para después la discusión bizantina sobre si el ajedrez lo es o no), los encuentros de gran calibre están sujetos siempre a ser comparados con los legendarios enfrentamientos del siglo pasado que siguen marcando la pauta sobre la forma en que debe jugarse.

Menos aparatoso que el juego de los goles de media chancha o aquellos incitados por intervención divina, sin embargo no dejaba de tener el deporte ciencia (qué mote tan cursi) en los tiempos de Bobby Fischer una audiencia que se maravillaba por su juego agresivo y de una insólita creatividad, a lo que ha de agregarse la épica propia de la Guerra Fría del americano que derrota a la terrible mafia rusa, y, si seguimos con la melosidad romántica, la construcción del personaje cuya locura que es inmanente al genio, terminó por moldear en el imaginario colectivo el prototipo de un campeón mundial de ajedrez.

Bien, pues en función de ese modelo, se ha querido demeritar el triunfo de Carlsen. Uno de los delirios que azuza el descredito al noruego, es aquella fantasía que hace pensar que, de estar vivo Fischer (o cualquier campeón mundial del siglo pasado), derrotaría con su virtuosismo único sin mayor problema a quién hoy ostenta el espurio título que su preparación apoyada en la tecnología moderna le ha otorgado.

La imagen que evoca ese traspase histórico cargado de moralina es propio del Cine B: el genio vuelve de ultratumba para aleccionar a las nuevas generaciones sobre la degradación que las computadoras han ocasionado en detrimento de la creatividad y la genialidad de los próceres del ajedrez.

Más allá de la ridiculez del anacronismo pueden encontrarse algunos elementos para contextualizar el estado en que se encuentra el ajedrez actualmente. De nuevo, al igual que en otros deportes, el ajedrez ha tenido un progresiva hiperprofesionalización de sus competidores impensable hace apenas un par de décadas.

En un libro muy entretenido, El futbol a Sol y Sombra, Eduardo Galeano cuenta, entre otras anécdotas igualmente valiosas, cómo algunos futbolistas a mediados del siglo pasado trabajaban en empleos ordinarios de los que no podían emanciparse si querían seguir jugando futbol. Y lo hacían en clubes profesionales.

Seguro persiste también en ese deporte una añoranza a una gloriosa época de oro. Los nostálgicos han de demeritar el juego moderno por estar años luz del joga bonito. ¿Se salva el boxeo de esta condena? ¿Hay algún deporte en el que persista la épica y el heroísmo que merezca ser llevado al cine?

Parece ser que quien mejor esquiva, quien mejor se defiende y golpea (o mete gol, o mueve la pieza adecuada) en el momento preciso, es quien logra alzarse con la victoria en un mundo cada vez más especializado. No sabemos a qué nos conduzca esto, pero tampoco creo que deba echarse a la basura las competencias tal como se dan en nuestros días.

En el ajedrez hay otro agravante: Los jugadores profesionales se preparan con módulos de análisis y bases de datos que conducen, es verdad, a cierta mecanicidad en la primera fase del juego. Pero de eso no se sigue que la creatividad haya desaparecido del tablero.

El gran maestro español José Cuenca, brillante divulgador de ajedrez, al contrastar los análisis de la máquina con los de los jugadores, dice: “Pero desde el punto de vista humano…”. Y tiene toda la razón: Se necesita, además de un mar de conocimientos teóricos y conceptuales, preparación física y psicológica, tenacidad, creatividad, intuición. No creo que asistamos, por ahora, y como algunos profetizan, al fin del ajedrez ni de ningún deporte.

En el ajedrez hay otro agravante: Los jugadores profesionales se preparan con módulos de análisis y bases de datos que conducen, es verdad, a cierta mecanicidad en la primera fase del juego.

El pasado 28 de noviembre concluyó el Campeonato Mundial de Ajedrez, llevado a cabo en Londres entre el defensor del título, el noruego Magnus Carlsen y su retador, el estadounidense Fabiano Caruana. Por cuarta ocasión consecutiva, Carlsen se consagró como campeón del mundo.

Fue un match apretado, en el que las 12 rondas previstas a ritmo clásico terminaron todas en empate. La competencia se decidió en los juegos rápidos, aplastando el noruego 3-0 a su rival. Me interesa señalar algunas lecturas que se han dado sobre la contienda, vista por gran parte de la afición cuando es generosa como aburrida, predecible, francamente decepcionante.

Como ocurre con cualquier deporte (dejemos para después la discusión bizantina sobre si el ajedrez lo es o no), los encuentros de gran calibre están sujetos siempre a ser comparados con los legendarios enfrentamientos del siglo pasado que siguen marcando la pauta sobre la forma en que debe jugarse.

Menos aparatoso que el juego de los goles de media chancha o aquellos incitados por intervención divina, sin embargo no dejaba de tener el deporte ciencia (qué mote tan cursi) en los tiempos de Bobby Fischer una audiencia que se maravillaba por su juego agresivo y de una insólita creatividad, a lo que ha de agregarse la épica propia de la Guerra Fría del americano que derrota a la terrible mafia rusa, y, si seguimos con la melosidad romántica, la construcción del personaje cuya locura que es inmanente al genio, terminó por moldear en el imaginario colectivo el prototipo de un campeón mundial de ajedrez.

Bien, pues en función de ese modelo, se ha querido demeritar el triunfo de Carlsen. Uno de los delirios que azuza el descredito al noruego, es aquella fantasía que hace pensar que, de estar vivo Fischer (o cualquier campeón mundial del siglo pasado), derrotaría con su virtuosismo único sin mayor problema a quién hoy ostenta el espurio título que su preparación apoyada en la tecnología moderna le ha otorgado.

La imagen que evoca ese traspase histórico cargado de moralina es propio del Cine B: el genio vuelve de ultratumba para aleccionar a las nuevas generaciones sobre la degradación que las computadoras han ocasionado en detrimento de la creatividad y la genialidad de los próceres del ajedrez.

Más allá de la ridiculez del anacronismo pueden encontrarse algunos elementos para contextualizar el estado en que se encuentra el ajedrez actualmente. De nuevo, al igual que en otros deportes, el ajedrez ha tenido un progresiva hiperprofesionalización de sus competidores impensable hace apenas un par de décadas.

En un libro muy entretenido, El futbol a Sol y Sombra, Eduardo Galeano cuenta, entre otras anécdotas igualmente valiosas, cómo algunos futbolistas a mediados del siglo pasado trabajaban en empleos ordinarios de los que no podían emanciparse si querían seguir jugando futbol. Y lo hacían en clubes profesionales.

Seguro persiste también en ese deporte una añoranza a una gloriosa época de oro. Los nostálgicos han de demeritar el juego moderno por estar años luz del joga bonito. ¿Se salva el boxeo de esta condena? ¿Hay algún deporte en el que persista la épica y el heroísmo que merezca ser llevado al cine?

Parece ser que quien mejor esquiva, quien mejor se defiende y golpea (o mete gol, o mueve la pieza adecuada) en el momento preciso, es quien logra alzarse con la victoria en un mundo cada vez más especializado. No sabemos a qué nos conduzca esto, pero tampoco creo que deba echarse a la basura las competencias tal como se dan en nuestros días.

En el ajedrez hay otro agravante: Los jugadores profesionales se preparan con módulos de análisis y bases de datos que conducen, es verdad, a cierta mecanicidad en la primera fase del juego. Pero de eso no se sigue que la creatividad haya desaparecido del tablero.

El gran maestro español José Cuenca, brillante divulgador de ajedrez, al contrastar los análisis de la máquina con los de los jugadores, dice: “Pero desde el punto de vista humano…”. Y tiene toda la razón: Se necesita, además de un mar de conocimientos teóricos y conceptuales, preparación física y psicológica, tenacidad, creatividad, intuición. No creo que asistamos, por ahora, y como algunos profetizan, al fin del ajedrez ni de ningún deporte.

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